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Tele deprimido

Publicado: Jueves 27 de octubre de 2016 Tele deprimido

“Domingo por la mañana y no tengo ganas de moverme de la cama. ¡Me friega! Me molesta que mi papá venga varias veces a mi cuarto a intentar despertarme. Me dice que soy un vago y que debería estar haciendo algo productivo. La verdad es que no tengo ganas de nada, no tengo fuerzas, estoy cansado”.

Muchas veces cuando vemos a nuestros hijos echados en la cama “sin hacer nada” nos genera bastante fastidio y cólera. Concluimos que están siendo poco productivos y que están perdiendo su tiempo, y como papás sentimos la responsabilidad de incentivarlos a moverse de ese lugar. Incluso, en algunos casos, nuestra molestia puede mezclarse con la preocupación de que “no lograrán nada en la vida” y volvemos a insistir.

“Ahí viene papá otra vez, ¿ahora qué me irá a decir? Lo escucho gritar, siempre lo mismo, ya conozco esa cara que pone. Otra vez me dice que soy un vago y que me falta “determinación”. En realidad ni siquiera entiendo esa palabra. Ya ni le escucho, solo veo que mueve los labios de un lado para otro. Solo distingo algunas palabras como; “decepción”, “dinero perdido”, “flojo”, “conchudo”, entre otras más”.

De la cólera a la agresión hay un paso muy pequeño. A veces pensamos que la mejor técnica para motivar a alguien es darle un “empujoncito”, y muchas veces confundimos esta estrategia con gritos y adjetivos negativos hacia nuestros hijos. Nos provoca “zamaquearlos” (moverlos bruscamente) para poder “despertarlos”. Sin embargo, no siempre nuestros hijos se encuentran “dormidos”.

“Tal vez tenga razón. Tal vez soy un vago y un bueno para nada. Siempre seré un vago. No valgo nada”.

El daño ya está hecho.

“Por fin todos se fueron de la casa, mis papás y hermanos se fueron a la calle. Parece que se rindieron conmigo, al menos ya nadie me molestará. Nadie me entiende, en verdad no tengo fuerzas para levantarme de la cama. No es que no quiera, simplemente no puedo. Ni siquiera puedo moverme a la cocina para comer algo. No tengo ganas de nada y justo mañana tengo muchas tareas por entregar. No quiero ir al colegio, no quiero ir nunca más. Mejor ni me muevo y me quedo en la cama. Voy a prender la televisión y ver qué está dando”.

A veces es más fácil apretar un botón en el control remoto que tener que levantarnos de la cama. Sin embargo, usualmente no es lo más saludable. Podemos pasar varias horas viendo programas de televisión, películas y hasta comerciales, sin tener la necesidad de movernos de ese lugar. Nos distrae y en muchos casos nos lleva a otra realidad, para no tener que lidiar con las responsabilidades y angustias que ocurren en la nuestra. Es un escape mental, que nos lleva a un aparente estado de relajo absoluto pero que de fondo no soluciona nuestros problemas.

“Llevo horas en lo mismo, cambiando de canal en canal pero en verdad siento que no he visto nada. Me siento más cansado que antes, es extraño, tengo más sueño a pesar de no haber hecho nada. Solo quiero que el día se acabe, quiero dejar de pensar en tantas cosas malas sobre mí. Mi familia ya regresó pero no han pasado por mi cuarto. Probablemente ya se cansaron, ya “tiraron la toalla” conmigo”. Ya no les intereso”.

En este espacio no buscamos concluir que los programas de televisión son malos para las personas. Todo lo contrario, si los aprovechamos bien pueden ofrecernos diversos beneficios. Te distraen de la rutina cotidiana y permiten que puedas bajar tu nivel de estrés. Asimismo te entretienen y te generan satisfacción. Sin embargo, en un uso desmedido, se convierten en estrategias escapatorias para no tener que afrontar nuestros problemas, ni expresar nuestro malestar. El quedarnos en la cama, no nos permite generar ciertos neurotransmisores (sustancias dentro del cuerpo), como las endorfinas, encargados de generar sensación de bienestar y placer.

Contradictoriamente, el uso exagerado de este medio de comunicación termina por frenar nuestra comunicación. Dicho escape no nos permite expresarnos, ni resolver las distintas dificultades que traemos. Todo lo contrario, fomenta pensamientos negativos sobre nosotros mismos, sobre nuestra productividad y capacidad para resolver problemas. Esta situación empeora si alguien cercano a nosotros continúa criticándonos por nuestra actitud.

La tristeza es una emoción que viene de la mano con muchos síntomas físicos que no podemos controlar. La fatiga, el cansancio y la dificultad para pensar, son características que suelen aparecer cuando sentimos una pena muy intensa. Esto quiere decir que si uno de nuestros hijos estuviera pasando por un proceso depresivo, el que se quede o se levante de la cama no necesariamente dependería de su propia decisión.

¡Cuidado! Es importante que podamos diferenciar entre un estado emocional como el que se acaba de describir y un engreimiento. No proponemos avalar la irresponsabilidad. Sin embargo, hay situaciones que escapan de la capacidad de nuestros propios hijos y como padres tenemos el deber de ayudarlos. Evaluar, criticar y decir adjetivos negativos a un adolescente que de por sí se siente mal consigo mismo, será contraproducente. ¡No siempre lo hacen a propósito! Tal vez, existan otras estrategias, más saludables, que puedan darnos mejores resultados. El afecto y la empatía.

“Al final de la noche mis papás vinieron a conversar conmigo. Se sentaron en mi cama y me dijeron que podían entender lo que estaba viviendo. Igual se mostraron firmes, ya que mencionaron que no podían permitir que no cumpliera con mis responsabilidades, pero me hicieron sentir bien cuando me confirmaron que me apoyarían en todo momento. Me pusieron un horario para el uso de la televisión, pero eso ya no importa. Me gustó mucho cuando dijeron que se sentían orgullosos de mí por otras cosas, como cuando lavé el carro la semana pasada o cuando ordené mi cuarto el otro día. Me siento más tranquilo ahora”.

FRANCO GRANTHON VENTURA

PSICOTERAPEUTA

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