Espacio de Crianza

¿Cuándo llevar a terapia a tu hijo?

Por: Equipo Educared. 19 abril, 2017

Siempre he alertado acerca de los peligros de promover terapia para todos y por todo. Una cierta dosis de sufrimiento es sencillamente inevitable y también positiva para el desarrollo integral de las personas. También, hay conflictos y tensiones que son propios de las diferentes etapas. Un adolescente que no estira los límites me preocupa. Finalmente, pérdidas, separaciones, enfermedades y catástrofes pueden ser enfrentadas con las fuerzas propias del individuo y sus redes de soporte. La salud no es manca.

Pero, claro, de gritar terapia por cualquier cosa no se debe pasar a pensar que nunca se necesita ayuda. En líneas generales, debemos preguntarnos si las manifestaciones que preocupan interfieren seriamente con las tareas que el niño debe resolver, si duran demasiado, si son demasiado intensas o muy frecuentes. Por ejemplo:

  • Rivalidad intensa con pares, hermanos o compañeros. No se trata de los celos que siempre tiñen las relaciones entre iguales. Son niños a quienes les es muy difícil compartir la atención de cualquier adulto y que muestran conductas de abuso verbal y físico. Todo se convierte en una competencia a ultranza: juego, deporte, comida, terminan siendo una guerra donde todo vale y hay que ganar por las buenas o por las malas.
  • Conducta sexual indiscriminada. La curiosidad y exploración natural son reemplazadas por un lenguaje y conducta centrados obsesivamente en el contacto físico, la búsqueda de excitación, la exposición y manipulación del cuerpo, independientemente del contexto y lo que el resto siente, piensa y desea.
  • Temor intenso a la intimidad. Un poco lo contrario del punto anterior. No toleran compartir ninguna función corporal, ningún grado de desnudez, evitan las actividades que involucran el ejercicio corporal y muestran una suerte de conciencia dolorosa de sus cuerpos.
  • Agresividad sostenida. Como que no son sensibles al sufrimiento del resto y lo pueden causar sin mostrar culpa ni remordimiento. También, están aquellos que parecen pensar que la mejor defensa es el ataque, que usan como modo de acercamiento a los demás.
  • Robos y mentiras repetidas. Va más allá de ciertas apropiaciones en el seno de la familia, que, muchas veces, son reivindicaciones de cariño y búsqueda de atención. No parecen reconocer los derechos de propiedad y transgreden la confianza en la palabra una y otra vez.
  • Cuando hay algo que falta o sobra de manera marcada. Puede ser ausencia de interés en comunicarse, indiferencia a las relaciones interpersonales, ansiedad marcada frente a cualquier separación, conductas muy rígidas y repetitivas, terror ante cambios pequeños, impulsividad sin control.

Se trata de situaciones que raramente adquieren la frecuencia, intensidad y duración que las convierten en señales de alarma que requieren ser vistas por un especialista, sobre todo cuando el niño sufre o hace sufrir de manera muy significativa.

Todos los niños pasan por momentos complicados y evidencian algo de lo anterior en pequeñas dosis. Pero eso requiere, antes que ayuda profesional, paciencia, buen humor y, sobre todo, presencia.

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