Espacio de Crianza

¿Cómo hablar con los niños de los prejuicios?

Por: Equipo Educared. 19 abril, 2017

No hay diferencia entre humanos que impida a un macho y una hembra en edad reproductiva tener una cría. Ni el color de la piel, ni la cultura. Es cierto que hemos poblado lugares separados por mares y cordilleras, pero no el tiempo suficiente como para no reencontrarnos y, a pesar de himnos y banderas, reconocernos como parte del mismo todo.

Dentro de los grupos y entre los grupos tenemos estilos, habilidades, costumbres que varían de manera importante, pero, al final, terminamos pareciéndonos más de lo que creemos. Somos, en otras palabras, semejantes a quienes une más de lo que separa. Sin embargo, los prejuicios abundan y ningún grupo tiene el monopolio del desprecio por los demás. Porque hay que reconocerlo, las diferencias asustan.

¿Cómo encarar el problema de los prejuicios con los niños, nuestros hijos o alumnos?

Primero sabiendo cómo procesan lo que distingue. Alrededor de los tres años de edad ya se dan cuenta de las diferencias en características físicas, incluyendo las raciales; y, luego, progresivamente, las conductuales, para terminar con los moldes ideológicos. Es parte de la integración en un grupo de pertenencia: “yo no soy como ellos”. Eso puede ser porque no se ve igual, no habla igual, no tiene las mismas creencias o no come las mismas comidas. No es una buena idea criticar esa diferenciación o negarla: “sí, es verdad, los seres humanos no somos iguales, pero valemos igual”, debe ser el mensaje integrador. Para ello, es importante:

  • Reconocer que los prejuicios existen pero deben ser superados. Es bueno conversar acerca de aquello que creemos sobre los demás, entender lo que significa una generalización, para luego contrastar lo anterior con la realidad. En otras palabras, ¿qué estereotipos manejamos en nuestras relaciones con los demás?
  • Evitar observaciones ligeras y abusivas sobre grupos de personas. Cuando ocurren hay que ponerlos en contexto y mostrar que las cosas son más complejas de lo que parecen. Aunque suene contradictorio, lo anterior vale no solamente para estereotipos negativos, sino también para los que son positivos. “Nadie es inevitablemente inteligente por ser de tal o cual origen”, por ejemplo.
  • Enfatizar en aquello que hace único a los grupos e individuos, realzando sus virtudes y observando con realismo sus defectos. La mirada objetiva y respetuosa sobre nosotros es una buena vacuna contra la discriminación de los otros.
  • Involucrarnos en lo que podría llamarse turismo cultural, vale decir, promover una participación y acompañamiento respetuosos en ceremonias, celebraciones y ritos de otras culturas y religiones. Mirar desde dentro siempre depara sorpresas hermosas y lleva a un acercamiento que aleja el fantasma de la exclusión. Obviamente eso incluye que nosotros acojamos a miembros de otras comunidades, familiares y educativas, en nuestros rituales.

Son ideas sencillas que se puede llevar a la práctica, que nos llevan a enorgullecernos de lo nuestro y respetar lo ajeno. Se puede concretarlas fácilmente dentro de la familia y del aula de clases.

Aunque la tolerancia frente a lo distinto no es natural —requiere de cierto esfuerzo— y siempre habrá una dosis de prejuicio —nuestra mente es, por definición, sesgada—, es posible consolidar una de las grandes conquistas de la civilización: ver en el otro un semejante a pesar de las diferencias.

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