Espacio de Crianza

El malo de la película

Por: Equipo Educared. 3 abril, 2017

En la vida humana el poder es un asunto central. Desde el primer momento buscamos que nuestra acciones tengan un impacto, signifiquen algo. Caminar, hablar, controlarse y controlar a los demás, bailar, resolver problemas matemáticos, conducir a otros, saber y enseñar, son manifestaciones de poder.

Comenzamos siendo absolutamente dependientes, pero rápidamente nos damos cuenta de que algo de control tenemos. Por ejemplo llamando la atención. A veces a como dé lugar. En ocasiones de manera disfuncional y contraproducente.

Cuando no permitimos que nuestros niños puedan estar con ellos mismos, en contacto con sus experiencias sin imponer nuestra presencia, cuando giramos alrededor de ellos, el mensaje es “tienes que estar en la mente de otro para sentirte alguien”.

Es posible que, entonces, traten de producir nuestra admiración con logros, pero si así no funciona la cosa, se decidan por comportamientos que despiertan nuestro rechazo. Algo así como me castigan luego existo, antes penitencia que indiferencia.

El asunto puede escalar. La conducta inapropiada asegura una reacción de parte del adulto y puede terminar convirtiéndose en la causa de interminables batallas por ver quién manda a quién. Soy débil, pero cuando hago una pataleta, cuando ensucio la pared, conmigo no puedes. Por más DNI que tengas, yo soy la medida de tu debilidad.

Un paso más abajo, rumbo al deterioro de las relaciones, se da cuando se instala un círculo vicioso que va ida y vuelta entre venganza y castigo como dos caras feas de una misma moneda. Un niño fastidia a un compañero. Ocurre todo el tiempo. Casi parece un libreto seguido por un actor que no sabe hacer otra cosa, que desempeña un solo personaje. Me castigan, me siento dejado de lado, me digo que realmente no me quieren y ataco para cobrarme la revancha. Al menos sé porqué me rechazan.

Al final puede consolidarse la desesperanza. Me convierto en el eterno perturbador, en el que es culpable de que la foto no salga bonita, el que desafina de manera patente. No tengo otra forma de hacerme presente, me alimento de una condena que me pone en el centro del escenario.

Lo anterior describe un estilo. Los adultos podemos hacer mucho para evitar que cuaje. ¿Qué? Lo dejamos para la próxima entrada.

Comentarios (2)

  1. Muy cierto. Los docentes de secundaria lo percibimos a diario. Los estudiantes de hogares disfuncional se que no tienen la atención de sus padres, son generalmente los díscolos en el colegio. Como dice el texto, buscan llamar la atención a cómo dé lugar. Creo que los maestros debemos armarnos de gran dosis de paciencia para brindarles atención de calidad, mucho afecto. ¡Prohibido etiquetarlos negativamente!

    • Hola Catalina: aunque no sería tan tajante —también hay niños de hogares funcionales que pueden ser rebeldes y demandar atención— la paciencia es algo que todos los maestros y, en general, quienes tratamos con niños debemos cultivar. El etiquetamiento al final no sirve de mucho. Lo mejor es describir el comportamiento y qué es lo que esperamos cambie en el. ¡Gracias por su aporte y no dude de seguir en contacto!

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