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Premeditación, ventaja y alevosía

Por: Roberto Lerner. 9 marzo, 2010

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No se trata de un asunto criminal. Es la
forma en que una mamá me dijo una vez que estaba criando a su hijo. Así, con
premeditación, ventaja y alevosía. Lo que me quería decir era que tenía muy
claro lo que quería y lo que no para su vástago y que sin dudas hacía todo en
la vida cotidiana, en lo solemne y lo secundario, con su agenda presente. En
este caso que el pequeño tuviera una personalidad muy definida, que supiera que
había nacido en una selva, en un mar, para utilizar su propia expresión, picado
y con tiburones. Podríamos pensar en otros principios e ideologías como -esto
ocurrió, obviamente, hace muchos años- aquel padre de ideas izquierdistas que
quería eliminar de la vida de su hijo el concepto de propiedad privada y no le
permitía tener juguetes.

Pero la idea central es la misma: sacar a nuestros hijos como el producto de una receta de cocina o cóctel. Una medida de esto, dos medidas de lo otro, una pizca de tal y una gota de cual. Se mezcla y ya está. Nuestros sueños, o lo contrario de nuestras pesadillas sale, bien presentado y listo. Pero, ¿listo para qué? Muchas veces para saldar viejas cuentas con nuestro pasado, realizar sordas venganzas contra los que nos criaron, aquietar inseguridades, calmar culpas, compensar carencias, representar antiguos libretos o satisfacer nuestros egos maltratados por la vida. Esas crianzas de libro y manual o las que se sostienen en la solemnidad de teorías que parecen venir en concreto armado y que no dejan lugar a la espontaneidad, llevan la marca de una trampa que no se puede salvar. Si el niño se somete, se convierte en imagen que no tiene consistencia propia; y si se rebela, se transforma en traición. Nadie gana, todos pierden y se van acantonando en la convicción de no estar recibiendo lo que dan.

Nadie tiene los hijos de sus sueños ni los padres que quisiera. La naturaleza de lo humano está en la aceptación de una realidad que va más allá de nuestras fantasías y el respeto por la unicidad de cada quien. Las fantasías existen, sin duda. Todos hemos jurado no ser como nuestros padres o tratado de forjar a nuestros hijos según expectativas e ideales. Pero de alguna manera somos como nuestros padres y nuestros hijos serán como nosotros. Pero no iguales. Con algunos de nuestros defectos y otros propios; con algunas de nuestras virtudes y otras propias. Saber apreciar, querer y considerar es uno de los secretos de la crianza. Estar dispuestos a aceptar lo que no es como quisiéramos, lo que no sale según nuestras pautas y lo que distingue a nuestros hijos del niño ideal que todos tenemos en alguna parte del corazón, son condiciones para un desarrollo sano.

Lo anterior no significa que no tengamos sueños o que no fijemos pautas y objetivos. Quiere decir que no debemos imponer nuestro poder y jugar con la dependencia de los niños de nosotros, para encajarlos a la fuerza en nuestros vacíos disfrazados de sentencias y prejuicios; que debemos dejar aire para que aprendan a imitarnos sin someterse, querernos sin rebajarse, distanciarse de nosotros sin sentir que están robándose nuestras ilusiones y siéndonos infieles, admirarnos sin sentirse en la obligación de repetirnos, respetarnos sin mimetizarse con nuestras teorías, acercársenos sin perder identidad, y ser ellos mismos con dignidad. Por eso no se debe criar hijos o enseñar a alumnos con ventaja, premeditación y alevosía. Las partituras tienen su importancia pero también es bueno tocar de oído.

Comentarios (2)

  1. Muy cierto. Todos quisiéramos tener al hijo soñado, estudioso, exitoso, responsable, con un sin fin de cualidades. Sin embargo, debemos reconocer sus flaquezas y tratar reforzarlos para mejorar. Al imponer nuestras ventajas diferenciales de padres tendremos como resultado a un niño frustrado, inseguro sin conceptos propios.

  2. Elena: sí y reconocer que el espejo en el que nos miramos y que muchas veces queremos cambiar, nos remite una imagen llena de esos rasgos nuestros que nos exasperan y que quisiéramos no tener. Un saludo.

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